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Reflexiones para la semana del 3 al 9 de agosto

Esta es una semana de contrastes.

Por un lado, celebramos la gran fiesta de la Transfiguración del Señor y por otro, la fiesta del humilde Cura de Ars, Juan Vianney. También en esta semana está el gran Santo Domingo y Teresa Benedicta de la Cruz, una judía conversa que murió en un campo de concentración. Es posible que nosotros midamos las cosas por nuestros propios criterios y entonces nos parezca que Santo Domingo es mucho más importante—o quizá más amado de Dios que el pobre Juan Vianney, cuya historia parece sorprendente, o incluso que Teresa, que sufrió el martirio. ¿Cómo va a llamar Dios a un hombre que no progresa en la escuela (no por falta de ganas, sino por falta de inteligencia), que fracasa en el ejército porque no puede seguir el paso, y a quien lo rechazan del seminario en su primer intento? Sin embargo, Domingo, un hombre brillante, es otra cosa. Y Teresa también. ¿Es posible que Dios los llame a los tres y que la Iglesia los considere a los tres grandes santos?

Puedes traer la pregunta a tu propio campo. ¿Es posible que Dios, con toda tu locura o incapacidad (o la que tu piensas que tienes) te llame a seguirle?

Es posible. Dios no mide como nosotros medimos, sino por otras reglas. Después de unos comienzos que no auguraban nada bueno, Juan Vianney pasó a ser uno de los sacerdotes más queridos del pueblo. El santo cura de Ars, le llamaban. Domingo era un hombre brillante, que podría haber triunfado en el mundo. Prefirió dedicar su vida a proclamar la Palabra de Dios. Edith Stein, una mujer intelectual y gran escritora, también podría haber hecho otra cosa. Pero descubrió a Cristo y decidió seguirle incluso hasta la muerte.

Estas historias no son precisamente de éxito. Parecen, más bien, de fracaso. Y sin embargo, son los modelos que la Iglesia propone a sus fieles. Son modelos de heroicidad a pesar de todos los dictados de esta sociedad, y de muchos modos, parece que reflejan esa luz de la Transfiguración que celebramos el día 6. Esa luz que envuelve y en la que se oye la voz de Dios: Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco. Escúchenle. Es una voz y una luz que se escucha poco antes del aparentemente estrepitoso fracaso de Jesús en la cruz. Esa misma voz, muy en lo profundo de su ser, deben haber escuchado Juan, Domingo y Edith. Pero esa voz y esa luz son lo antepenúltimo del gran triunfo de Cristo en su Resurrección.

¿Cómo escuchas tú esa voz? ¿Qué sueños de éxito, de triunfo tienes? ¿Te duele tu propia incapacidad? ¿A qué llamadas de Dios tendrías que estar atendiendo?